Lo que importa son las ciudades — la teoría económica de Jane Jacobs

NOTA: Este artículo es una traducción al castellano del original en inglés It's the cities, stupid. El autor original es Mark Rosenfelder. La traducción es mía.


Un escrito mío mencionaba las ciudades, lo cual llevó a una discusión retorcida sobre las ciudades y las áreas rurales en mi región, y todo esto me hizo darme cuenta de que no hay suficiente gente que haya leido a Jane Jacobs.

Jane Jacobs Muchos lo han hecho; su libro The Death and Life of Great American Cities (1961), (La muerte y vida de las grandes ciudades norteamericanas) es una celebración de los vecindarios urbanos y un aviso de cómo estaban siendo destruidos por los zares de la renovación urbana, y ha pasado de ser un libro iconoclasta a ser parte del currículum en cuarenta años.

Sin embargo, son aun mejores sus libros The Economy of Cities (1970) (La economía de las ciudades) y Cities and the Wealth of Nations (1984) (Las ciudades y la riqueza de las naciones), dos volúmenes gemelos que no hacen menos que demoler y reconstruir la macroeconomía. La economía se fue por el camino equivocado, explica Jacobs, con la obra a la que alude su título, el The Wealth of Nations (La riqueza de las naciones) de Adam Smith. Las naciones no son la unidad adecuada para el estudio macroeconómico; las ciudades sí lo son.

Jacobs llega a esta conclusión al considerar la estanflación de los 1970s — desempleo e inflación altos de manera simultánea, algo que no debería ser posible según las economías izquierdistas (Keynesianas) o derechistas (de mercado). Ambos factores supuestamente estarían equilibrados. Jacobs apunta que esta condición — precios altos y trabajo insuficiente — es normal para regiones atrasadas; los economistas occidentales confundieron el crecimiento económico, accidentado pero constante desde los tiempos de Smith, con una condición permanente.

El pensar en términos de economías nacionales hace que se mezclen muchos hechos económicos. Una vez que nos quitamos estas gafas, vemos que el mundo no consiste en naciones desarrolladas y otras pobres, sino de regiones pobres y otras desarrolladas. Una de las grandes ventajas de este punto de vista es que nos hace conscientes de las regiones atrasadas en el Primer Mundo, y hace darnos cuenta de que éstas siguen la misma dinámica que las del Tercer Mundo. Hoy en día las primeras pueden ser suficientemente confortables debido a la transferencia de subsidios por parte de las regiones ricas, aun cuando en sí siguen siendo económicamente pasivas.

Además, las regiones dinámicas se centran en ciudades. (La única excepción aparente: regiones de aprovisionamiento, ricas en recursos naturales. Nos referiremos a ellas más adelante; por ahora sólo haremos notar que esas regiones son ricas porque las ciudades quieren sus recursos y van y los obtienen. Los árabes no tuvieron que cruzar el océano para buscar quién les comprara su petróleo.)

Las ciudades y la agricultura

Pero, ¿no es que las ciudades surgen a partir de la agricultura y dependen de ella? No: todo el progreso económico tiene origen en las ciudades, nos dice Jacobs; y añade con deleite que todo el progreso en la agricultura surge de las ciudades. Los grandes avances, como cosechadoras mecánicas y la electricidad, se inventaron y fueron adoptadas en las ciudades o cerca de ellas antes de aplicarse a las regiones rurales más alejadas. Las mejoras en la productividad rural siempre comienzan cerca de las ciudades y más tarde se difunden.

Establos de Chicago, 1947 Lo que pensamos como actividades exclusivamente rurales comenzó en las ciudades. En la Europa pre-moderna, la industria casera por excelencia era el tejido de telas; pero antes de que las telas se produjeran en el campo, este oficio se redescubrió y se realizó en las ciudades. Los campesinos de la Edad Media sobrevivían a base de gruel o gachas; el arte de hacer pan se recuperó primero en las ciudades (y con base en el cultivo de granos citadino; las ciudades medievales tenían sus propios campos de cultivo). En nuestras áreas rurales hay ranchos inmensos donde los animales se engordan antes de sacrificarlos; son trasplantes de los establos urbanos de Kansas y Chicago.

Para acabar con la idea de que las ciudades se generan espontáneamente a partir de lo rural, Jacobs describe la inabilidad de Irlanda para reformarse después de la hambruna desastrosa de los 1840s:

No había puertos para recibir alimentos de ayuda... No había molinos para moler el grano de ayuda. No había mecánicos ni herramientas para construir molinos. No había hornos para hacer pan. No había forma de difundir la información de cómo cultivar alimentos que no fueran patatas. No había forma de distribuir semillas de otros cultivos, ni de surtir las herramientas que eran indispensables para un cambio en los cultivos...

Los irlandeses alcanzaron este penoso punto porque estaban totalmente subyugados de manera económica y social. Pero la raíz de esta sujección — y la razón por la cual fue tan efectiva y que los había tenido tan desamparados — fue la supresión sistemática de la industria en las ciudades, la misma supresión que los ingleses trataron de forzar, infructuosamente, en las pequeñas ciudades de las colonias americanas.

Más cerca de nosotros, he aquí un reporte de un tal Henry Grady, quien hablaba en 1880 sobre un funeral en Pickens Co., Georgia, algunos años antes.

La tumba se excavó en mármol sólido, pero la lápida de mármol vino de Vermont. La tumba se ubicaba en un monte de pinos, pero el ataúd de pino vino de Cincinnati. Un cerro de hierro le daba sombra al lugar, pero los clavos de hierro para el ataúd y los tornillos de la pala vinieron de Pittsburgh. Aun con madera dura y metal abundantes, el cadáver se llevó en una carreta hecha en South Bend, Indiana. Un bosque de jicoria crecía cerca de ahí, pero los mangos del pico y pala vinieron de Nueva York. La camisa de algodón del hombre muerto vino de Cincinnati, el saco y calzones de Chicago, los zapatos de Boston; las manos acomodadas se pusieron dentro de guantes blancos de Nueva York... Este lugar, lleno de recursos sin aprovecharse, no dio nada para el funeral excepto el cadáver y el hoyo en la tierra, y probablemente hubiera importado ambos si fuera posible.

Grady describe elocuentemente la circunstancia de una región económicamente pasiva: aun con todos sus recursos, no produce nada.

Remplazo de importaciones

El siguiente paso, al que Grady no llega, es notar que ninguna de las importaciones vino de Atlanta, a sólo ochenta millas de ahí. No todas las ciudades son entes económicas dinámicas; la Atlanta de 1880 era tan pasiva e improductiva como sus campos aledaños.

Ciclista japonés

El proceso faltante — el motor que Jacobs descubre para toda la vida económica — es el remplazo de importaciones. Jacobs ilustra esto con el comienzo de la vida industrial en Japón. Ésta comienza al final de los 1800s, cuando Japón importaba bicicletas. Surgieron talleres de reparaciones en Tokio, que al principio reutilizaban las bicicletas descompuestas para sacar piezas de repuesto. Cuando hubo suficientes de ellos, algunos talleres comenzaron a producir de forma local las piezas más utilizadas. Se hicieron más y más piezas, hasta que Tokio pudo producir sus propias bicicletas y exportarlas a otras ciudades japonesas — en las cuales se repitió el mismo proceso.

Este proceso no sólo crea trabajo y empleos, sino que crea experiencia e innovación: las ciudades aprenden a resolver problemas de formas nuevas, y transfieren entre sí su experiencia para hacer cosas. Además crea riqueza: al remplazar importaciones, la ciudad se vuelve más rica, porque no sólo tiene todavía lo que solía importar (bicicletas, en este ejemplo), sino que ahora puede pagar importaciones nuevas y más caras.

Así es como comenzaron todas las naciones desarrolladas — Europa, Norteamérica, las economías jóvenes de Asia; no hay otra manera.

Una ciudad dinámica transforma su área circundante en lo que Jacobs llama una región urbana. Éstas son las únicas regiones, enfatiza Jacobs, en que el desarrollo trabaja de forma balanceada. Las granjas cercanas se desarrollan por las mejoras en productividad desarrolladas en las ciudades; esto libera mano de obra para fábricas y otros trabajos trasplantados de la ciudad; el capital se hace disponible para mejoras cívicas y de infraestructura.

Una región urbana que trabaja bien no necesita expertos en desarrollo; se desarrolla a sí misma. Los Estados Unidos de América son una nación bendecida con muchas regiones urbanas — aunque está lejos de estar cubierta de ellas. Por ejemplo, el límite al sur de New Hampshire cae dentro del área urbana de Boston — un hecho exasperante para los oficiales del gobierno de New Hampshire, que naturalmente preferirían que el desarrollo fuera uniforme en su estado. Pero la región urbana testarudamente se rehúsa a extenderse tan lejos.

Regiones desbalanceadas

Las ciudades generan cinco fuerzas que llegan a modificar su entorno, o el mundo entero: su sed de insumos; su abundancia de trabajos; sus mejoras en productividad; trasplantes de trabajo de las ciudades; y capital.

Tal vez el descubrimiento más importante de Jacobs es que estas fuerzas actuan de forma balanceada sólo en las ciudades y en las regiones urbanas. Fuera de ellas, actúan de manera aislada y casi siempre de forma destructiva. Una por una:

También hay regiones que son ignoradas por las ciudades — áreas de trabajo duro, que viven de agricultura de subsistencia, y que pierden poco a poco las habilidades que una vez poseían. Jacobs menciona un asentamiento donde fue enviada su tía como misionario. La tía quería construir una iglesia con las grandes piedras que había en el lecho del río; pero los lugareños le explicaron pacientemente que eso era imposible. Como todo el mundo sabía, el mortero sólo podía pegar piedras pequeñas; y estas sólo se podían usar para estructuras pequeñas como chimeneas, ciertamente no un muro completo. Esto no era el Tercer Mundo; era la Carolina del Norte de los 1930s, y la gente descendía de una comunidad con una larga tradición de albañilería.

(Como corolario, cuando oimos de poblaciones con un nivel extremadamente primitivo de bienes materiales y habilidades — los aborígenes de Tasmania, por ejemplo — lo más probable es que estemos tratando no con el estado original de la humanidad, sino con un pueblo que ha decaido desde sus orígenes.)

Cómo perjudicar a las ciudades

La idea de que las economías pertenecen a las naciones en vez de a las ciudades no es sólo confusión intelectual; de hecho daña el desarrollo económico — es decir, el desarrollo de las ciudades.

Una forma de ello es a través de divisas nacionales. El valor de una divisa es un mecanismo de retroalimentación. Si una divisa comienza a devaluarse, esto actúa como un arancel automático, temporal y calibrado: las importaciones se vuelven más caras, las exportaciones más fáciles. Esto debería impulsar la sustitución de importaciones y el desarrollo de nuevo trabajo para exportación.

Billete de 1
chelín, Massachusetts, 1776 Y así lo hace cuando cada ciudad tiene su propia divisa, como lo era casi hasta antes de la era industrial. Las divisas nacionales, sin embargo, son un batidillo de las economías de todas las ciudades de esa nación. Esto es especialmente malo para una ciudad atrasada en una nación económicamente activa, pues la ciudad recibe exactamente la retroalimentación incorrecta. Una divisa fuerte permite importaciones baratas, lo cual reduce el ímpetu de la ciudad atrasada por remplazarlas, y al mismo tiempo debilita las exportaciones de esa ciudad.

La retroalimentación incorrecta a veces puede corregirse con aranceles explícitos. Un ejemplo son los Estados Unidos recién formados, donde las exportaciones eran en su mayoría rurales. La retroalimentación de la divisa, en efecto, le decía al país que debía importar libremente, y esto dañaba la industria de las ciudades. En 1816, el gobierno comenzó a establecer aranceles para beneficiar a la manufactura. Esto tuvo éxito: las ciudades ahora podían competir contra las importaciones más caras, y comenzaron a remplazarlas con su propia producción.

(El único problema es que el Sur tenía exportaciones fuertes y casi nada de manufactura. Los aranceles no causaron más que molestias en el Sur, y esto fue uno de los factores que llevaron a la secesión.)

El Japón que se industrializaba también tenía aranceles; uno debe preguntarse por qué el "libre comercio" se ha vuelto un dogma que debe imponerse en todas las naciones. La respuesta es clara, sin embargo: no es porque éste facilite el desarrollo — de hecho, todo lo contrario. Le ayuda a los países que ya tienen economías de exportaciones fuertes.

Más allá de esto, Jacobs describe lo que ella llama "asesinos de la economía de las ciudades", o de forma más neutral, transacciones decadentes. Estas son:

Estas transacciones, apunta Jacobs, son las preocupaciones de los imperios. Los imperios se construyen por las ciudades; pero inevitablemente extraen la riqueza de sus ciudades para estas actividades improductivas, hasta que el estancamiento y la decadencia se imponen solos.

Anteriormente aprendimos, al mencionar la hambruna de Irlanda, que las potencias coloniales fueron activamente hostiles al desarrollo dentro de sus imperios; lo veían como competencia. Aunque esto ya no es política explícita, yo sospecho que el mundo todavía sufre de los efectos de esta adopción voluntaria del estancamiento. Las naciones pobres no desarrollaron el hábito de remplazar importaciones, y las naciones ricas aun intentan monopolizar la industria, en vez de innovar con trabajo nuevo.

Las ciudades también pueden apuñalarse en la espalda ellas mismas:

¿Cómo se desarrolla a una ciudad?

La pregunta más difícil de nuestros tiempos es cómo desarrollar economías. La competencia entre capitalismo, fascismo y comunismo fue un desacuerdo sobre este tema; hoy la batalla es entre variciones del capitalismo. (El fascismo islámico es otro participante en la competencia — el recurso desesperado de naciones que han visto intentarse casi todo lo demás, sin éxito.)

Si Jacobs está en lo cierto, casi todo el mundo intenta resolver este problema de forma incorrecto, al concentrarse en naciones en vez de ciudades, al concentrarse en regiones rurales en vez de urbanas, y al involucrarse en transacciones decadentes.

Las buenas intenciones no son suficientes. En los 1960s los Rockefeller, repletos del dogma estándar de que la riqueza se basa en la agricultura, decidieron construir una fábrica de Dispositivo Intra-Uterino (DIU) en un diminuto pueblo en un área altamente rural de la provincia de Uttar en la India. No sólo el DIU promovería el control natal, sino que se crearían empleos en las áreas rurales donde eran necesarios.

Fue un fiasco. Hubo infinidad de pequeños retrasos, esperas de herramienta o provisiones, esperas de reparaciones, esperas para que trabajo mal hecho fuera corregido. Fue difícil conectarse a la electricidad local; cuando por fin se hizo, ésta no fue suficiente. Había pasado casi un año y la fábrica todavía no estaba operando, y si lo hubiera hecho, hubiera sido poco práctico mantenerla. Los directivos cerraron la fábrica y la mudaron a la ciudad grande más cercana, Kampur — e hicieron funcionar la fábrica en seis semanas.

Como muestra de que otras ideologías no tenían mejor entendimiento del desarrollo, Mao casi destruyó China con su Gran Salto Adelante (1958), el cual trataba de saltarse a las ciudades y desperdigar fábricas sobre el campo chino; el resultado fue caos y hambruna.

¿Cómo sería el mundo si la gente aceptara las ideas de Jacobs?

De maneras importantes se vería igual que ahora. Su idea es, después de todo, que el desarrollo sale de las ciudades, entonces cualquier desarrollo verdadero que veamos — en Hong Kong o Seúl o São Paulo, por ejemplo — ya es "Jacobeano". La buena noticia es que el desarrollo de las ciudades es un proceso natural, y muchas veces el problema es no cómo arrancarlo sino cómo quitar obstáculos para que pueda ocurrir.

En muchas formas, sencillamente gastaríamos menos tiempo y dinero en lo que no funciona:

Y como pasos positivos:

También recolectaríamos más datos relevantes. Mucha de la información necesaria para evaluar el bienestar de una ciudad no está disponible. ¿Cuánta diversidad existe? ¿Cuántas importaciones se remplazan? ¿Hasta dónde se extiende la región urbana? ¿Son nativas sus fábricas, o son trasplantes? Los datos nacionales son poco útiles para responder estas preguntas — las exportaciones de una nación no son la suma de las exportaciones de sus ciudades, por ejemplo, pues las exportaciones de una ciudad a otra son tan importantes como las exportaciones al extranjero.

Lecturas subsecuentes

Jacobs es difícil de resumir — no pone paja en sus libros, y sus ideas son lo suficientemente poco ortodoxas que puede tomarse todo el libro para responder a todos los peros.

Pero más allá de esto, sencillamente es interesante pasar un tiempo en el cerebro de Jacobs. Es el opuesto de la clase de ciencia ficción moralista de la que están hechos la mayoría de los escritos sobre economía y política: ella está repleta de información de la vida real y anecdótica, que es digna de leerse aunque a veces tome un tema preferido para quejarse. Jacobs casi cumple noventa años de vida y sigue escribiendo; su último libro es Viene una Era Oscura (Dark Age Ahead), el cual profundiza en detalles sobre las eras decadentes y en la pregunta de si nos dirigimos hacia una de ellas.

Una buena forma de continuar con su promoción de la diversidad y de los valores humanísticos en la ciudad es el libro Un Lenguaje de Patrones (A Pattern Language) del arquitecto Christopher Alexander, que demuele y reconstruye la arquitectura de la mima forma en que Jacobs reconstruye la macroeconomía.

O tambíen podrías jugar mucho Sim City — los diseñadores del juego han leido tanto a Jacobs como a Alexander — o Civ, que toma el punto de vista ultra-Jacobeano de desarrollar tu civilización utilizando sólamente ciudades.


Notas finales

Jane Jacobs murió en abril de 2006, después de que se escribiera el original de este artículo.

No sé si hay traducciones de sus libros al castellano. Sería maravilloso que las hubiera; el tener una explicación empírica de cómo funciona realmente la economía es muy iluminante.